El Oscensario es un almanaque el doble de alto que de largo.
Nos ha salido retablo de novelas y campanario llamando a completas.
Es el almanaque juguete o artefacto de fácil manejo, que no asusta al niño ni enfada al sabio que, benignamente, lo dejará a un lado para entregarse a lecturas más sustanciosas, o que lo tomará de nuevo, a sabiendas de que ese entretenimiento pacífico y ligero ha sido bendecido con el nombre de una virtud: la eutrapelia. Para el lector común será ocasión de recreo, con el aprovechamiento servido por sus numerosas citas y consejas. «Somos enanos a hombros de gigantes», recordó Juan de Salisbury en su Metalogicon, citando a Bernardo de Chartres. Y el almanaque procede así, como un alocado cabezudo montado a la grupa de un gigante, dichoso de cabalgar en el conocimiento que nos legaron los sabios, sin renunciar por ello a su naturaleza bulliciosa e infantil. Recuerda, orienta, edifica, refiere… Confía en acompañar; entretiene. Si se hace pesado, se deja a un lado. Si nos falta, se añora. Qué leve la hora se nos pasa, a su vera: en la calle, en lectura ligera, paseando por la acera. O en casa, después de la cena, en amena velada, o en el sosiego soñoliento de la cama.
Javier Sáez Castán / José Antonio Escrig