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Solidario refugio musical ante el fuego en los aniversarios de Falla
Imagen: Enrike Solinís y el Euskal Barrok Ensemble Enrike Solinís y el Euskal Barrok Ensemble 15-08-2026

Afectados por el fuego, el Ciclo de Cine arrancó con un sentido minuto de silencio, y los últimos directos siguen siendo de duelo y homenaje, como éste último, en un lugar que ya fuera refugio seguro del Santo Grial, ahora también de las llamas en espera de su salvación. La noche del pasado viernes, Siresa acogió el decimocuarto gran concierto de la trigésimo quinta edición del Festival Internacional en el Camino de Santiago (FICS) que organiza la Diputación de Huesca. El Monasterio de San Pedro de Siresa, una de las joyas románicas del Alto Aragón, se convirtió en poderoso escenario para un nuevo diálogo, único e irrepetible, de los que acostumbra a regalar este certamen bajo el tamiz de la modernidad y la pasión. El encargado de esta alquimia fue Enrike Solinís, al frente de su Euskal Barrok Ensemble, quienes presentaron su personal revisión de ‘El Amor Brujo’ de Manuel de Falla, junto a otras mimbres sonoras y de tradición, alusivas para su representación. 

Recordemos que este año se cumplen el 150 aniversario del nacimiento y el 80 aniversario del fallecimiento del célebre compositor gaditano. La propuesta vasca titulada ‘Amor Brujo, esencias de la música de Manuel de Falla’, con “los mejores aromas” de su música, no era un estreno absoluto —se presentó por primera vez en 2015 en Sevilla—, pero supuso todo un esperado acontecimiento en tierras altoaragonesas, sensibles por el incendio. Bajo la dirección de Solinís, gran músico curtido en mil directos con los grandes nombres de la Música Antigua como Hespèrion XXI o Constantinople, el directo quiso devolver la obra de Falla a sus raíces más telúricas. “Esta versión indaga en las esencias orientales y flamencas que inspiraron a Falla y es un programa maravilloso que cautiva a todo tipo de públicos”, explicaba Solinís antes de que las luces se atenuaran en el monasterio.

El concierto se construyó como un atractivo mosaico sonoro. No solo sonó Falla, sino que la estructura del recital funcionó como genealogía de varias influencias. El público de Siresa fue conducido a través de piezas del cancionero popular burgalés de Federico Olmeda, el zorongo de Federico García Lorca —tan ligado a esta otra esencia popular que Falla tanto admiraba—, y las fascinantes aportaciones del musicólogo, filósofo y científico Dimitrie Cantemir, cuyas composiciones —rescatadas de la Constantinopla de los siglos XVII y XVIII— actuaron como un puente invisible entre Oriente y Occidente. Todo ello tejido también con la finura de las piezas para guitarra de Gaspar Sanz, creando finalmente un discurso musical tan fresco como intenso.

Destacada por fusionar la tradición culta con el folclore andaluz y el cante jondo, el libreto y los textos de esta famosa obra fue de autoría femenina, toda una reivindicación de la que Enrike Solinís hace gala: “Ponemos en valor también el libreto, que aunque fue firmado por y atribuido por muchos años a Gregorio Martínez Sierra, fue escrito en realidad por Maria de Lejárraga, conocida como María de la O”, sentenciaba. Esta precisión historiográfica añade una capa de justicia poética al concierto, animando a que la voz de la cantaora María José Pérez, ganadora de la Lámpara Minera en 2015, brillara con una autoridad renovada. Su interpretación fue la de un alma flamenca que latía junto a las cuerdas barrocas, las de un ensemble que acostumbra a rehuir del academicismo. 

“La música no se hace, ni debe jamás hacerse para que se comprenda, sino para que se sienta”, decía Manuel de Falla. Con su brillante visión, cercana, humilde y técnicamente impecable, Enrike Solinís y su Euskal Barrok Ensemble, adaptaron la propuesta al estilo y sentir de la formación. Solinís tiene claro que el objetivo de sus directos es la apertura. Según él, la barrera entre el músico experto y el oyente iniciado es inexistente si la música se aborda desde la honestidad: “No hace falta ser un experto ni en música clásica, ni de la antigua, ni de la tradicional ni de la flamenca. Con tener curiosidad y los oídos, los ojos y el corazón abiertos será más que suficiente para disfrutar”, invitó. La música de Falla sigue viva precisamente porque es capaz de absorber el dolor, la esperanza y la tradición oral de las gentes y los pueblos. 

Reivindicar la escucha

En un año de incertidumbres y conflictos globales, el director de Euskal Barrok Ensemble hizo un alto en su faceta puramente musical para lanzar un mensaje de lo más humanista: “Creo que como músicos tenemos que reivindicar el diálogo, la escucha entre ‘diferentes’ y abogar por la convivencia pacífica”, afirmó con rotundidad, denunciando la barbarie de los conflictos actuales. Esta reflexión sobre la paz y el diálogo se trasladó al plano de la industria cultural. Solinís, que confiesa encontrarse en un momento de madurez vital —donde investiga nuevos formatos, como el cuento musicado ‘Xirribit’ o su obra literario-musical ‘Otzaran’—, no pudo evitar mostrar su cansancio ante la burocracias que agotan cualquier tipo de creación. 

“La realidad cotidiana de los artistas y músicos en general es realmente precaria y preocupante”, lamentó, al tiempo que criticaba la tendencia actual de los ‘mega-festivales’ de entradas agotadas, que a menudo reciben un apoyo institucional desproporcionado en detrimento de circuitos más pequeños y alternativos. “Si queremos artistas y músicos de primera calidad, es totalmente necesario que ese trabajo tan complicado y exigente se apoye desde las instituciones como se hace en otros países”.

En esta línea, seguro que para Solinís el concierto en Siresa fue una celebración por la resistencia artística. Mientras las notas de Falla, de Cantemir, Sanz y otros, rebotaban en el monasterio, el espacio-tiempo parecía detenerse. El Festival Internacional en el Camino de Santiago, al poner el foco en el patrimonio musical de la Corona de Aragón —un empeño que Solinís considera “imprescindible para estar orgulloso de las propias raíces”—, cumplió con creces su misión de ofrecer un refugio para la belleza en medio de un mundo en convulsión, además de solidario y musical ante el fuego. Y así, Falla resonó con júbilo entre las piedras de San Pedro de Siresa.